En una fiesta conozco a un chabón X. “Conozco”, entre comillas, pues
debería hablarse más bien de un cruce de cuerpos, intercambio de saliva, breves
intercambios de informaciones personales, carreras, edades, histerias, etcétera.
Muy lindo todo y a seguir bailando.
Unos días o semanas más tarde (la temporalidad que se diluye), la
solicitud de amistad de Facebook. Un instante después, la pregunta por chat
privado “¿de dónde te conozco?” (la memoria que se diluye). “Soy X”. Claro,
cierto. Cómo estás. Bien. Qué bueno.
Silencio de días o semanas. Nuevo sábado, nueva fiesta. Inesperado
mensaje privado y pregunta: “Hola, hoy
vas a X fiesta?”. “No, la verdad tengo otro compromiso”. Y la
¿conversación? termina.
Al principio, esa reaparición inesperada y la pregunta me dejaron
intrigado. También me provocaron un pequeño placer narcisista: al fin de
cuentas, Él me busca, quiere saber si voy a esa fiesta esta noche, quiere que
vaya, me está, de algún modo, invitando.
Pero con el correr de los días, la intriga y el deleite se diluyen. Me
pregunto entonces: ¿qué clase de invitación es la pregunta “vas hoy a tal
fiesta?” ¿A qué se me invita exactamente? ¿Quién me invita, o mejor dicho,
desde dónde se me invita?
Caigo en la cuenta de que el encuentro insinuado por X aparece licuado ya desde la forma misma de
su proposición. Un débil tanteo para ver si por casualidad nuestros cuerpos
ocupan otra vez un mismo espacio. No hay invitación, no hay cita para un
encuentro en el que pueda esbozarse un diálogo, en el que podamos empezar la exploración
del otro sea cual sea el resultado (incluso una instantánea repulsión, un
tedio). En la Era de la Chota, la forma de la cita es una pregunta lavada de
coordenadas: “vas hoy a…?” Desde un análisis psicológico un tanto berreta,
creeríamos que al preguntar de esa manera, el Gil se protege contra la
posibilidad de un encuentro que en algún punto, sin embargo, presiente y desea.
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