.

.

10 de septiembre de 2016

El himno.

  MÁS ES MÁS
FANGORIA




Guardando todo por duplicado
Sin cansarme jamás
Afán sin control
Por acumular.

Lo que no es necesario
Suele ser extraordinario
Cúbreme de lamé y tergal
Polyester, charol, vamos a bailar.

Quiero flamencos rosas
Y otras cosas que no sirven para nada
Me quiero retocar, remodelar
Hay mucho aún por mejorar.

La evidencia es como te la cuento
Por qué dudas de que más es más
Orgullosos de cualquier exceso
En el baile de la vanidad.

Y si cuentas, cuenta por millones
Nadie duda de que más es más
Bacanal de falsificaciones
En el reino de lo artificial.

Vamos a brindar con copas de champán
Para celebrar que más es más
Solo tienes que pensar que lo estrafalario
Brilla más que lo normal


Como en un cabaret, donde soy la vedette
Borracha de frivolidad
Hedonismo sicalíptico
La vorágine del capital.

Y déjame enloquecer, fumar y beber
En un todo a cien de varietés
Y quiero una explosión, superproducción
Confeti, traca y megatrón.

La evidencia es como te la cuento
Por qué dudas de que más es más
Orgullosos de cualquier exceso
En el baile de la vanidad.

Y si cuentas, cuenta por millones
Nadie duda de que más es más
Bacanal de falsificaciones
En el reino de lo artificial.

No te engaño con lo que te cuento
Por qué dudas de que más es más
Es radiante el lujo del exceso
Que ser glitter de las superstars.

Me abandono a las tentaciones
En la hoguera de la vanidad
Obligadas falsificaciones
Viva todo lo superficial

8 de septiembre de 2016

Lo autentico


“Esas ya no son personas, cuando descartas o pones un corazoncito en Tinder” Mr. Espejo en una charla en Abelardo, Septiembre 2016.

Hace unos días recorro el mismo tópico en diferentes lugares: amigos, terapeuta, fulanos, conocidos y demás. Hay una versión general sobre lo que es ser “autentico” hoy. Ya el juego de las mascaras, parece haber caducado o requerir demasiada energía para desentrañar qué misterio tiene el otrx. Parece hasta inútil pretender de los otros en sus configuraciones afectivas, que se tomen un rato para ver un poco más allá de un perfil on- line. Es como si mirar por la pantalla de la computadora o el celular, nos diera una certeza clara y distinta de quién es el otro. Certeza que bien sabe no hacernos perder el tiempo, valor inigualable de la Era de la Chota.
¿Qué es eso autentico que veo del otro en ese perfil?
Lo autentico se configura como la manifestación de un perfil on- line como aquella correlación perfecta entre ese estado de cosas virtuales y lo que es el sujeto en cuestión.
Ser se trata de estar on- line.
 Recordemos brevemente como se configuran algunos perfiles de las redes sociales del amor, sin duda el ejemplo más claro. Primero tenemos una selección de 3 o 4 fotos características que nos definan, una descripción de uno mismo en 140 caracteres o bien algún que otro formulario estándar. Cargamos nuestros pasatiempos, trabajo, estudios y por supuesto podemos configurar nuestras búsquedas a gusto. Ahora ya esta, con esas líneas sabemos que si tiene alguna foto con amigos, al aire libre, viajando o con alguna mascota podemos deducir el carácter psicológico del sujeto que se muestra. Si se da la chance del llamado “match” entonces podemos interactuar con alguno de estos perfiles. Como mucho tardaremos en llenar nuestro robusto perfil en 15- 20 minutos, recordemos que el tiempo es dinero.
En plataformas más exóticas como facebook podemos componer la perfecta muestra de lo autentico, y el fin del juego de las máscaras. Todo aquello que se sube y se publica configura una suerte de personaje complejo que puede ser dado como verdadero. Ya no se trata de las certezas de aquello que es ese otro en un perfil, sino que eso que vemos es la manifestación de lo real.
En la Era de la Chota, no hay síntoma más pretencioso de la decadencia afectiva que la construcción de lo “real” en forma de una multiplicidad de perfiles virtuales. Retomemos las coordenadas relevantes: tener un perfil o varios on line funciona como un catalizador de la subjetividad. Somos lo que posteamos y en tanto somos ahí nos anclamos en una lógica de la inmediatez. No hay tiempo que perder, ni siquiera para explicar quién somos más allá de esas publicaciones.
Ya no hay ni tiempo para ser fuera de esta autenticidad en la Era de la Chota.

7 de septiembre de 2016

La forma de la cita


En una fiesta conozco a un chabón X. “Conozco”, entre comillas, pues debería hablarse más bien de un cruce de cuerpos, intercambio de saliva, breves intercambios de informaciones personales, carreras, edades, histerias, etcétera. Muy lindo todo y a seguir bailando.

Unos días o semanas más tarde (la temporalidad que se diluye), la solicitud de amistad de Facebook. Un instante después, la pregunta por chat privado “¿de dónde te conozco?” (la memoria que se diluye). “Soy X”. Claro, cierto. Cómo estás. Bien. Qué bueno.

Silencio de días o semanas. Nuevo sábado, nueva fiesta. Inesperado mensaje privado y pregunta: “Hola, hoy vas a X fiesta?”. “No, la verdad tengo otro compromiso”. Y la ¿conversación? termina.

Al principio, esa reaparición inesperada y la pregunta me dejaron intrigado. También me provocaron un pequeño placer narcisista: al fin de cuentas, Él me busca, quiere saber si voy a esa fiesta esta noche, quiere que vaya, me está, de algún modo, invitando.

Pero con el correr de los días, la intriga y el deleite se diluyen. Me pregunto entonces: ¿qué clase de invitación es la pregunta “vas hoy a tal fiesta?” ¿A qué se me invita exactamente? ¿Quién me invita, o mejor dicho, desde dónde se me invita?

Caigo en la cuenta de que el encuentro insinuado por X aparece licuado ya desde la forma misma de su proposición. Un débil tanteo para ver si por casualidad nuestros cuerpos ocupan otra vez un mismo espacio. No hay invitación, no hay cita para un encuentro en el que pueda esbozarse un diálogo, en el que podamos empezar la exploración del otro sea cual sea el resultado (incluso una instantánea repulsión, un tedio). En la Era de la Chota, la forma de la cita es una pregunta lavada de coordenadas: “vas hoy a…?” Desde un análisis psicológico un tanto berreta, creeríamos que al preguntar de esa manera, el Gil se protege contra la posibilidad de un encuentro que en algún punto, sin embargo, presiente y desea.

1 de septiembre de 2016

El retorno de los hijos

Salames, monigotes y otros espantos hijos del neoliberalismo se reciclan y retornan impunemente, sin memoria del otrx, amparados por sus correlatos afectivos de formas sin contenido. Nosotrxs decimos que los usuarios activos de la Era de la Chota no califican de aliens. Son sólo alienados con la forma de la afectividad cool pero que en realidad supuran berretez y terminan en la mezquindad total. Eso tiene que ver con la educación política y afectiva pero por sobre todo con dónde queda el otrx en esas berretadas que maman. Es la versión del mercantilismo afectivo.

Se puede afirmar que toda supuración es berreta. Pero por lo menos la supuración corporal es un signo de que hay una batalla contra los gérmenes ahí en lo profundo. Acá no sé si eso.

Ejemplo de supuración berreta: que venga un X (conocido) a hacerte bullying de mala leche, junto a tu amiga le devuelvas el bullying redoblado y el boludo NO ENTIENDA lo que le estás haciendo.

La edad de merecer

No es de extrañar últimamente vengo muy cansada del trajín semanal. En los lugares donde circulo, es constante cierto discurso acerca de las relaciones afectivas. No sé qué me cansa más si el fantasma de “la edad de merecer” como la época dorada para “sentar cabeza” que aparece constantemente, o la gama de soluciones culturales que tenemos disponibles en la Era de la Chota. A veces, posta esto parece un mundo feliz de Huxley, cuando se reitera siempre lo mismo bájate tal o cual aplicación, deja de ir a tal o cual boliche de putos, o la peor de todas deja de ser tan falica (esto último en ciertos momentos lo veo como un avance, no siempre me andan diciendo que el tema es mi peso). Es como si cada mañana arrancamos, agarramos el celular prendemos nuestras aplicaciones o redes del amor y mientras desayunamos tiramos uno o dos corazoncitos. No hablamos de qué afectividad queremos, porque la impronta que tiene la “edad de merecer”- que en definitiva es cualquier edad- es la inmediatez. No importa cómo, dónde o quién, lo que importa es la pesca de ese otrx que nada en el mar de la disponibilidad. No se habla de encuentro, de amor o de algo similar: hablamos de garches. Acá no estaría poniendo nada del otro mundo, el problema no son ni siquiera los garches sino esta lógica de la banalización total del otrx.
El otrx no existe, es un medio para mi fin: pertenecer a esos que merecen.
Sin embargo “merecer” en la Era de la Chota significa ponerme en valor como deseado en tanto mercancía.
 En algún punto es parte de la lógica del “cambio”, entonces merecemos que prolifere la berretez, el corazoncito antes del café de la mañana, el garche al que rajas porque no conectaste nada, la sensación de vacío cuando ya todo se limita a lo explicito (la foto en chota que te llega antes de las 9 am) y la vana conversación, ya no importa nada ni los intereses del otrx, ni la filiación política, ni la histeria colectiva. Lo único importante es merecer aun en la berretez.

El experimento

Tercer día de experimentación en las redes sociales del amor: mientras más fotos de cuerpo entero pongo, menos likes recibo. Algún que otro me pregunta cuán "rellenita" soy y respondo con ironía "no sabía que había un rellenometro, y si lo había ya lo habría criticado". Claramente no estoy jugando el juego de "buscar pareja", sino que experimentó con mi incomodidad. Me incomoda que me juzguen a partir de múltiples prejuicios sobre el volumen de mi cuerpo. Siento que necesito fogonearme, leer los argumentos más inverosímiles, reírme de las preguntas que cuestionan mi peso y demás. Tengo que fogonearme, de vez en cuando, se siente bien me da más fuerzas. Me muestra muy claramente el mercado de los cuerpos. Nunca me pareció tan difícil que la gente se relacione. Nunca me había parecido del orden de lo imposible que te inviten un café.
Estamos jodidos.

No lo pienso por tener un cuerpo no hegemonico, lo veo en la incapacidad que muestran estas redes, en su goce de la inmediatez, de vincularnos con el otrx.
Me voy a fogonear un rato más. Porque mirar ahí es como mirar el corazón de la Era de la chota.

Aforismos

Si no tenes tu clasificación de capacidades tecnológicas con el tilde en "Internet de las cosas" estas frito. La era de la chota te lleva puesto.


La Era de la Chota es como el cambio de estaciones en GoT: se estuvo anunciando hace tiempo y ya ha llegado. No sabemos cuántas generaciones puede durar. Su marca es la devaluación emocional, el vaciamiento de sentido y el berretismo absoluto. Es peor que los white walkers.

El ascenso del macrismo al poder es uno de los signos del advenimiento de la era de la chota. Es su aspecto político. Su correlato emocional está a la vista en que da más satisfacción cargar el Sigeva que los chongos que conocemos.


La autocrítica y el fuego valirio ¿la salida? No, auto crítica no. ¿Encima de soportar el peso de la liviandad nos vamos a inculpar? Por favor, la autocrítica te la bancaba antes de la era de la chota. Ahora y más nosotros partidazos mal. Acá pasa algo más del orden de la berretada que no para de supurar caca y boludos.


El mercado emocional devaluó más rápido que el peso. Las inversiones que vendrán siempre en el segundo semestre.


Situacion emocional: EC (era de la chota) año Nro 1. La acidez estomacal como reflejo del asco a la berretada político-afectiva.