No es de extrañar últimamente vengo muy cansada del trajín semanal. En los lugares donde circulo, es constante cierto discurso acerca de las relaciones afectivas. No sé qué me cansa más si el fantasma de “la edad de merecer” como la época dorada para “sentar cabeza” que aparece constantemente, o la gama de soluciones culturales que tenemos disponibles en la Era de la Chota. A veces, posta esto parece un mundo feliz de Huxley, cuando se reitera siempre lo mismo bájate tal o cual aplicación, deja de ir a tal o cual boliche de putos, o la peor de todas deja de ser tan falica (esto último en ciertos momentos lo veo como un avance, no siempre me andan diciendo que el tema es mi peso). Es como si cada mañana arrancamos, agarramos el celular prendemos nuestras aplicaciones o redes del amor y mientras desayunamos tiramos uno o dos corazoncitos. No hablamos de qué afectividad queremos, porque la impronta que tiene la “edad de merecer”- que en definitiva es cualquier edad- es la inmediatez. No importa cómo, dónde o quién, lo que importa es la pesca de ese otrx que nada en el mar de la disponibilidad. No se habla de encuentro, de amor o de algo similar: hablamos de garches. Acá no estaría poniendo nada del otro mundo, el problema no son ni siquiera los garches sino esta lógica de la banalización total del otrx.
El otrx no existe, es un medio para mi fin: pertenecer a esos que merecen.
Sin embargo “merecer” en la Era de la Chota significa ponerme en valor como deseado en tanto mercancía.
En algún punto es parte de la lógica del “cambio”, entonces merecemos que prolifere la berretez, el corazoncito antes del café de la mañana, el garche al que rajas porque no conectaste nada, la sensación de vacío cuando ya todo se limita a lo explicito (la foto en chota que te llega antes de las 9 am) y la vana conversación, ya no importa nada ni los intereses del otrx, ni la filiación política, ni la histeria colectiva. Lo único importante es merecer aun en la berretez.
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